En los últimos años, el discurso sobre las pantallas se ha llenado de advertencias. Se habla de sus riesgos, de sus efectos en la atención, en el desarrollo, en el estado de ánimo. Especialmente en la infancia, un ámbito en el que sus efectos generan una creciente preocupación en muchos padres que, móvil en mano, buscan información para proteger a sus hijos de un posible uso problemático de las pantallas.
En medio de todo ese ruido informativo, no puedo evitar preguntarme: ¿para qué las usamos?
Porque quizá el problema no sea solo lo que hacen las pantallas, sino lo que evitamos cuando las usamos.
El gesto es automático. Deslizar. Abrir. Mirar. A veces sin un objetivo claro. Solo no parar. Hemos aprendido a estar en varios lugares a la vez y, al mismo tiempo, a no estar del todo en ninguno.
Las pantallas cumplen funciones reales. Entretienen, organizan, conectan. En muchos casos, ayudan a regular. No son, en sí mismas, el problema. Pero sí han introducido un cambio significativo en nuestra manera de relacionarnos con la experiencia.
Desde una mirada humanista, la salud psicológica tiene que ver, en gran medida, con la capacidad de contacto: con uno mismo, con el otro, con el entorno. Contacto entendido no sólo como presencia física, sino como la posibilidad de percibir, sentir, darse cuenta y responder de forma ajustada a lo que ocurre.
En este sentido, las pantallas pueden funcionar como una interrupción constante de ese proceso.
Capturan la atención, reducen los tiempos de espera, ofrecen estímulos continuos. El margen para el vacío, para la pausa o para el surgimiento espontáneo de la experiencia interna se estrecha. Y cuando ese margen desaparece, también lo hace, en parte, la posibilidad de autorregulación.
El aburrimiento es un buen ejemplo. Tradicionalmente, ha sido un estado fértil: un espacio desde el que emerge la creatividad, la exploración, el juego. Hoy, sin embargo, se ha vuelto algo difícil de sostener. Dura poco. Se llena rápido. No tanto porque haya desaparecido, sino porque disponemos de recursos inmediatos para evitarlo.
Pero evitar el aburrimiento implica también evitar el encuentro con lo que aparece en ese espacio: pensamientos, emociones, sensaciones corporales. No siempre son cómodos. A veces generan inquietud, desasosiego o una sensación difusa de vacío. Y es precisamente esa incomodidad la que muchas veces tratamos de esquivar.
En este punto, la pantalla deja de ser solo una herramienta y pasa a funcionar como un mecanismo de evitación. No elimina la experiencia interna, pero la interrumpe. La pospone. La mantiene fuera del campo de conciencia el tiempo suficiente como para no tener que atravesarla.
Algo similar ocurre en el plano relacional.
No es infrecuente observar cómo la atención se fragmenta incluso en presencia de otros. Conversaciones interrumpidas, miradas que se desvían, silencios rápidamente ocupados. No se trata necesariamente de falta de interés, sino de una dificultad creciente para sostener la presencia.
Desde la perspectiva gestáltica, el contacto implica un ir y venir entre uno mismo y el entorno, una capacidad de estar en la experiencia sin desconectarse de ella. Cuando la atención se dispersa de forma constante, ese proceso se debilita. Y con él, la posibilidad de establecer vínculos más profundos y de percibir matices que no son evidentes en una interacción fragmentada.
En el caso de la infancia, esta cuestión adquiere una relevancia particular. El desarrollo emocional y cognitivo se construye, en gran parte, a través del juego, del movimiento, de la interacción con otros y del contacto con el entorno físico. Cuando la pantalla ocupa un lugar predominante, no sólo introduce un tipo de estimulación distinto, sino que desplaza experiencias fundamentales para ese desarrollo.
Sin embargo, centrar el debate únicamente en los niños puede resultar reduccionista.
Los adultos no estamos al margen de estas dinámicas. También nos cuesta sostener el silencio, la espera, la falta de estímulo. También recurrimos a la pantalla como forma de regularnos, de distraernos o de no entrar en contacto con determinados estados internos.
En este sentido, el uso que los niños hacen de las pantallas no puede entenderse al margen del modelo que observan. Más allá de las normas o los límites, hay una transmisión implícita sobre cómo se gestiona el tiempo, el aburrimiento, la atención o la relación con uno mismo.
La cuestión, por tanto, no parece ser únicamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino desde qué lugar lo hacemos.
Si se trata de una elección o de una respuesta automática.
Si amplía la experiencia o la reduce.
Si facilita el contacto o lo interrumpe.
Plantearlo en estos términos permite desplazar el foco del control hacia la conciencia. No se trata tanto de prohibir o restringir como de preguntarnos qué estamos evitando cuando necesitamos llenar cada espacio.
Porque detenerse implica, en muchos casos, encontrarse con uno mismo. Y ese encuentro no siempre es sencillo. Requiere cierta tolerancia a la incomodidad, capacidad de sostén y, en ocasiones, acompañamiento.
Pero también es ahí donde se abre la posibilidad de una experiencia más integrada.
En un contexto en el que el estímulo es constante y el silencio escaso, recuperar espacios de contacto – aunque sean breves – puede tener un valor profundamente regulador. No como una exigencia, sino como una práctica. Como un gesto intencional frente a la inercia.
Las pantallas no son, en sí mismas, el problema. Pero sí pueden convertirse en una forma eficaz de alejarnos de algo esencial.
Y quizá la pregunta no sea cuánto deberíamos reducir su uso, sino qué lugar queremos recuperar en su ausencia.
Porque en ese espacio que queda cuando dejamos de mirar, cuando no hay nada que hacer, cuando la atención no está ocupada… aparece algo. Aparece la conciencia de uno mismo, tal y como es en ese momento. Y perderlo sería, en cierto modo, perdernos.
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