“Cuando hemos llegado a una cierta edad, el alma del niño que fuimos y las almas de los muertos de los que provenimos empiezan a derramar sobre nosotros sus riquezas y sus maldiciones”.– Marcel Proust
Heridas en el campo de la familia
Algunas heridas nos las ponen en cierto modo como herencia en la cuna. En una constelación familiar se muestra con frecuencia una vinculación e identificación inconsciente entre el cliente y algunos parientes y acontecimientos del pasado –en general, dentro de las tres últimas generaciones de su familia–, que lo llevan a comportarse, sentir y pensar de una determinada manera. Esta implicación le plantea dificultades serias en su vida, sin que el cliente tenga la menor consciencia de este influjo.
Normalmente, esta dinámica surge de una situación tan dolorosa en la historia de la familia, que las personas implicadas en aquel momento no pudieron superarla. En consecuencia reaccionaron excluyendo a determinados miembros de la familia o reprimiendo algunos de sus sentimientos. Estos asuntos no resueltos se transmiten luego a los descendientes. Un ser humano es su familia, es la esencia de todas las personas que vivieron antes que él y de todos los acontecimientos que lo precedieron.
Pongamos un ejemplo: el destino de una abuela o bisabuela que murió en el parto puede todaviá suscitar en sus nietas y bisnietas una tremenda angustia ante el embarazo, aún en el caso de que a la vez deseen intensamente tener hijos. Esta ambivalencia que aparentemente carece de fundamento, en la mayoría de los casos no tiene su causa en la historia de vida de la mujer afectada. En realidad es la consecuencia de un recuerdo inconsciente transmitido entre las mujeres de la familia a lo largo de las generaciones, un recuerdo según el cual el embarazo significa muerte. A diferencia de la experiencia traumática personal de una mujer –como, por ejemplo, la pérdida de un embarazo anterior–, aquí se trata de un trauma transgeneracional de la familia.
El húngaro Ivan Boszormenyi-Nagy, un pionero en la investigación de la familia como sistema, lo denominó “cuentas de deudas” que se transmiten a las generaciones siguientes de una familia. Posteriormente, Bert Hellinger definió la consciencia familiar como instancia que actúa en todas las familias y que pone al individuo al servicio de su familia, para restituir la integridad del sistema. Así, algunas dinámicas separadas y reprimidas, es decir no resueltas, de la propia familia son escenificadas de nuevo por los descendientes, con el fin de poder integrarlas de este modo. Esto explica la repetición de ciertos patrones, que aparecen en algunas familias a lo largo de varias generaciones. Uno de los puntos fuertes de las constelaciones familiares consiste en hacer visibles estas dinámicas para, en un segundo paso, integrarlas. De esta manera el sistema familiar puede encontrar paz. Es difícil aproximarse a estas dinámicas con otros métodos terapéuticos4.
Cuando un cliente exterioriza sentimientos en la terapia, me pregunto siempre si esos sentimientos tienen sentido en su situación de vida actual. Si no lo tienen, sospecho que se trata de sentimientos regresivos e investigo con él en su biografía personal para buscar la edad y las circunstancias de su vida en que esos sentimientos fueron coherentes. Esto incluye también la primera etapa de su vida, es decir, los nueve meses anteriores al nacimiento. Si los sentimientos expresados son incongruentes tanto con su situación presente como con la historia de su vida, se trata de sentimientos sistémicos que, por decirlo así, recibió como herencia. Proceden de lo profundo de su sistema familiar y se hacen visibles y palpables una vez más, a través del cliente. En este contexto, elaborar el genograma del cliente puede ser un medio eficaz para descubrir posibles orígenes, con ayuda del “mapa” de su familia.
Me hago la misma reflexión con respecto a sus recuerdos implícitos y no conscientes. La memoria explícita habitualmente está compuesta por secuencias de escenas sobre todo visuales, aunque incluyen tambien a los demás sentidos. Se parecen a cortometrajes, que podemos evocar y revivir una y otra vez, y entonces uno dice: “me acuerdo de…”. A diferencia de ella, podemos acceder a la memoria implícita de una persona solamente por la indirecta, a través de la observación fenomenológica de los sentimientos, pensamientos y comportamientos de uno. Y también a través de los sueños, fantasías y sensaciones corporales. Los recuerdos implícitos que se manifiestan de estas maneras normalmente son más verdaderos que los recuerdos explicitos de una persona. La razón es que los últimos son parciales y por eso excluyen parte de la realidad.
En resumen, ¿se trata de recuerdos personales actuales o pasados, o de un “eco sistémico” en la persona afectada? Esta reflexión me ayuda a comprender la naturaleza de su herida.
Capítulo del libro:
© Peter Bourquin (2011): El arte de la terapia; Desclée de Brouwer, Bilbao
0 comentarios
Mostrar / ocultarDeja tu comentario